Hábitos tecnológicos
Muchos llevamos ya tiempo usando
tecnología de forma común y quizá sea tiempo plantearse qué tipo de hábitos
tecnológicos hemos formado, cómo nos repercuten y hacia dónde nos llevan. Quizá
-otro más- sea bueno considerar aquello que sigue recordando Aristóteles de que
los hábitos conforman una especie de segunda naturaleza, de segunda piel en la
que vivimos y que, con más o menos acierto, nos facilitan la vida buena
(virtud) o nos impiden decididamente llegar a ella (vicio). En este sentido
está claro que todo hábito, por lo tanto, afecta muy decididamente a nuestro
modo de estar en el mundo. Es decir, que a través de la persona llega a
configurar de igual manera sociedades nuevas.
Cuida tu seguridad
Contraseñas. Un básico: no poner
la misma contraseña siempre en todas partes y actualizarla de vez en cuando.
Muchas aplicaciones te permiten además añadir el número de teléfono como
seguridad añadida (a cambio, eso sí, de mayor información).
Actualización. Mantén tus equipos
actualizados, lo cual se puede normalmente programar. Si no, por seguridad,
fíjate en si hay o no actualizaciones disponibles. Esto vale tanto para el
software del ordenador como para las aplicaciones móviles.
¡No te olvides del antivirus! No
lo puede todo, pero de lo general te salvará. Ten presente que el tráfico de
información robada en la red alcanza cotas insospechadas.
Si no estás seguro, ¡no entres!
Gran cantidad de “bichitos” informáticos se cuelan de esta manera en tu
ordenador. Tú visitas una página y a cambio das acceso también a vete-tú-a-saber-qué.
Desconfía de los enlaces que te llegan en redes sociales o por email si no
puedes comprobar antes su procedencia. Parece un aviso tonto, pero la gente
entrega hasta sus números de cuenta bancaria, números de identidad…
Piensa en lo que necesitas y el
resto bórralo. Sobre todo en el móvil, si no eres de los que trasteas mucho con
el ordenador. Los móviles están repletos de aplicaciones que se probaron un
rato y que ya no se han vuelto a usar, y están ahí consumiendo recursos, cuando
no recibiendo información.
Descarga lo necesario. Primero
borra, porque acumular por acumular de nada sirve. Pero después descarga
aquello que necesites. Hoy tenemos herramientas online suficientes para muchas
tareas básicas, pero si no…
Haz una copia de seguridad cada
cierto tiempo. El “cierto tiempo” depende de lo que uses el ordenador, de si es
para ti un lugar de trabajo o no. Para unos puede valer con un mes, para otros
cada semana (o menos). Y, de paso, haz una copia de seguridad completa.
Hábitos tecnológicos y vida
cotidiana
Cuidar la identidad personal.
Internet ya sabe quién eres por lo que tú proyectas de ti, por lo que escribes,
por lo que compartes. Es tu identidad digital, cargada de referencias,
momentos, relaciones, intereses, gustos, preferencias de todo tipo, páginas
visitas, dispositivos, lugares… Prácticamente todo lo que haces forma tu
identidad en la red. Saber cuidarla no es cualquier cosa, es aprender a ser
responsable de sí mismo en la red, es decir, adulto digital.
¡Ojo con el tiempo! Una buena
pregunta es cuándo te conectas por primera vez en el día, cuándo por última. El
número de veces a lo largo del día es incontable. De vez en cuando, por
racionalizar, ¿no estaría de más saber al menos en qué se emplea el tiempo?
Calendarios y eventos. Uno,
aprender a sincronizarlos en los distintos dispositivos. El uso de calendarios
tiene dos grandes problemas: convertirlos en espacios de tareas y en hacerlos
inservibles porque terminan siendo genéricos e imprecisos. El calendario
Buenas listas de tareas. Un buen
hábito es precisamente este, el de ir anotando las tareas pendientes de buena
manera. La fecha es fundamental: que te avise cuando tienes planificado hacerlo
y no en todo momento. Y acostumbrarse a resolverla lo antes posible.
Saber consultar. Para casi todo
hay una app, con consejos de personas. Saber encontrar lo bueno y desechar lo
malo. Por ejemplo, cuando vas de viaje, cuando estás en la calle buscando algo,
cuando quieres encontrar un producto concreto.
Saber buscar, consultar dudas. Y,
por tanto, saber leer en la red. Cada vez más personas realizan tutoriales en
YouTube, porque se pregunta a YouTube muchas cosas que antes simplemente
buscábamos en Google. Consejos directos, aplicaciones concretas. También hace
falta mucho sentido crítico para reconocer lo que vale y lo que no.
Aplicaciones funcionales. Algunos
amigos me pregunta para qué valen las apps que tienen instaladas en el móvil y
para qué pueden usarlas. Mi recomendación es la contraria: saber qué necesitas
y qué aplicación es la que te viene bien. Existen miles de aplicaciones para
casi todo, y cientos para tareas muy similares. Pero se escapan las que son más
funcionales y prácticas. ¿Por qué no suscribirse a un canal de recomendaciones?
Aprender a estar al día. Dos
extremos al respecto: los que siempre van a la última, sin saber por qué van a
a la última, simplemente por el hecho de llevar “lo más”; y los que andan
“descatalogados”. Ni una cosa, ni la otra. Quizá conviene, como nunca, ser
prácticos ante la vorágine de posibilidades para no saturarse.
Saber leer. Es un requisito
digital indispensable: qué lees, qué quieres leer, qué quisieras leer. Lo
primero te ofrece cualquier cosa, cualquier fuente. Lo segundo se pregunta por
los intereses. Lo tercero por lo que quiere encontrar en la red, con mucha más
precisión. Para ello las herramientas de curación de contenidos son
indispensables, en las que agregar buenas fuentes de información. Si tuviese
que apostar por un buen hábito, éste sería uno de los más importantes.
Presencia social. Internet
también es un espacio muy válido para la transformación social. De hecho, ya lo
hace. De por sí excluye a aquellos que están al otro lado de la brecha digital
y los margina. Los que están dentro del continente digital no pueden usar
internet de cualquier modo por tanto. Es una responsabilidad que también
vincula buscando la mejora de la sociedad. Si se quiere.
Hábitos tecnológicos en redes
sociales
¿Sé tú mismo? ¡Hasta cierto
punto! Aquí el “ser uno mismo”, relacionado con la autenticidad y la libertad
personal, debe aprender a conjugarse con saber estar, al mismo tiempo, en un
espacio “público” y compartido. Lo primero me parece fundamental y esencial,
porque lo contrario sería caer en la esquizofrenia. Pero saber que estás en un
espacio compartido lo considero clave para desenvolverse con éxito y madurez en
el mundo digital. Recuerdo lo que decía antes, ¡estás formando tu identidad
digital!
Redes, en plural. Ya no hablamos
de una red, sino de muchas redes. Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat… Por
un lado, ¿para qué tantas? Por otro, ¿eres capaz de mantenerlas? Y un poco más
allá, ¿saber estar en cada una de ellas bien? Puede que quizá menos sea más.
¿Qué hacer con las
notificaciones? Si el móvil está continuamente dando alertas, de nada sirve.
Sinceramente, cuanto más silenciadas estén determinadas notificaciones, y más
sabiendo que luego las consultarás, mejor. A mi entender es una ayuda para
estar centrado cada cosa en su momento y no depender continuamente del móvil.
¿Fuente de entretenimiento o algo
más? ¿En qué se ha convertido la red para las personas y qué relación directa
tiene con su aburrimiento? Trabajando con jóvenes me doy cuenta de que muchos
de ellos lo vinculan directamente con sus búsquedas de algo que conecte con
ellos. Sin duda alguna una fuente para la creación de hábitos y costumbres de
lo más cotidiano.
Seleccionar, seguir a “unos
cuantos”. Aprender a quién seguir, sin seguir “sin más”. Porque ofrecen algo
valioso para mi vida, porque son personas que aportan un valor distintivo a la
red, porque son personas con quienes se puede intercambiar opiniones y dialogar.
Pero entre todos ellos hay algunas personas que destacan por su visión, por su
actividad, por sus valores. A esos, leerlos con frecuencia y buscar interactuar
con ellos.
Todo internet es una gran red
social. Los comportamientos se exportan. Las redes sociales, que son el núcleo
más importante de Internet, hacen que los hábitos pasen de un lado a otro casi
sin pensar. Según nos habituemos a estar en nuestras redes sociales, así
también actuaremos o buscaremos actuar en el resto de espacios. Por ejemplo,
usando aplicaciones de mensajería como Whatsapp, que con sus grupos ha hecho
que los que lo tienen simulen estar en una red social de personas cercanas.
Aportar valor. Un mal hábito es
estar en la red como mero consumidor. De la sociedad de consumo nacen hijos
consumidores, que buscan aprovecharse más que aprovechar, disfrutar más que ser
quien haga disfrutar, encontrar lo útil más que facilitarlo. Algo que cambiaría
las tornas -con lo que sueño decididamente- es una red que dé al otro lo que
necesite de forma desinteresada y generosa, que se ponga en contacto con quien
lo necesita, con quien busca, y sepa escuchar.
Tejer red. El ¡boom! de los
contactos masivos -salvo excepciones- ha pasado. La gente se ha vuelto más
selectiva digitalmente (aunque todavía no sepa cómo funciona la difusión en
Facebook) y se cierran los círculos para seguir y estar pendientes de los más
cercanos. Lo online y lo offline comienzan a darse la mano, porque este es su
gran destino: acercar personas. La red es auténticamente red cuando el vínculo
se consolida en ambos espacios. De otra manera no tendría ningún sentido.
Saber guardar y archivar. Lo
valioso hay que saber guardarlo con orden, no de cualquier manera. En las redes
sociales aparecen muchos enlaces que se pueden leer después simplemente con
marcarlos con una indicación. Pero después también hay que saber qué hacer con
ello y cómo sacarle valor. Ni acumular, ni perder. Situarse en el buen
equilibro entre ambas. Hábitos en este sentido son esenciales, herramientas que
nos ayuden y nos acostumbren a usar bien la tecnología.
La era del conocimiento
compartido. Por último, la gran esperanza de la era digital: hábitos
tecnológicos relacionados con compartir conocimiento y vida. En qué medida
estamos aprendiendo a situarnos con otros mirando en la misma dirección,
creando proyectos, impulsando internet. La red se crea a diario y, a su vez,
reinterpreta el mundo en un sentido, con unos valores, con una mirada, con unas
preocupaciones. Nuestra mera presencia consolida este avance.
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